Cuando era chico, detestaba las puertas cerradas. Ni bien crecí lo suficiente como para alcanzar los picaportes (y antes, inclusive, saltando o trepándome a una silla para alcanzarlos), me ocupaba de abrir todas las puertas de la casa: las de los dormitorios, la del baño. Mamá contaba que al ir de visita hacía exactamente lo mismo en las casas ajenas. ¿En dónde nació esa fascinación, o mejor dicho, ese rechazo a las puertas cerradas? Durante años mi familia creyó que yo era claustrofóbico y me pasearon por varios consultorios intentando solucionar esa actividad inocente, que no lo era tanto cuando la puerta que abría era la de calle. El abuelo contaba que solía abrirla, dar media vuelta e ir a seguir jugando, ya tranquilo al ver la puerta abierta y lloraba cuando él o mamá iban a cerrarla de vuelta, intentando que entendiera algo tan abstracto para un niño como los ladrones o la inseguridad en general.
Por eso no me sorprendió la última frase que me dijo el abuelo cuando fui a verlo al hospital. El fue el único abuelo que conocí, y fue una mayor imagen paternal de lo que nunca fue mi padre. Verlo débil y cansado era extremadamente doloroso para mí. Toda la familia sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida, pero no se veía tan mal como para morir esa misma noche, así que al terminar el horario de visitas, lo saludé como siempre, con un simple abrazo, seguro de volver a verlo al día siguiente:
- No abras puertas que no estés seguro de poder volver a cerrar - dijo. Sonreía mientras se quedaba dormido.
Y eso fue lo último que me dijo.
El abuelo era sabio.
ResponderEliminarEso hago yo desde hace tiempo.
Saludos.
Que historias tan entrañables y cuanta razón tenía tu abuelo, a veces hay puertas con las que hay que tener cuidado al abrir.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo navideño.
Gracias, Toro y Neuriwoman.
ResponderEliminarBesos y felicidades.