jueves, 23 de diciembre de 2010

Los planes

Agustín rió apenas de la anécdota del gato saltarín y después intentó evitar el tema. Era extraño, hasta que entendí lo que pasaba.
- ¿Pero vos crees que el gato saltaba a un fantasma, tarado? - lo enfrenté.
- No... No... Pero... - tartamudeó, como siempre que se pone nervioso. Al notar que yo no iba a dejarlo en paz agregó - Yo vi cosas raras, Lucho.
- ¿Qué cosas raras? Y no me llames así, mi mamá se ocupó de ponerme un nombre decente, no lo arruines.
Agustín tomó un trago de cerveza antes de decir, sin mirarme y con algo de vergüenza.
- Ya te dije. Varias veces vi sombras raras y... Vi imágenes en el espejo... Y la sombra que la sigue a la tía... -
- Yo no lo puedo creer... ¡Tu tía es una mujer mayor, que cree que el chat es un invento demoníaco! Pero vos... ¡Vos! Sos un boludo, que querés que te diga.
Crucé la habitación, hasta la ventana y miré hacia afuera, al jardín. Me hubiera divertido mucho más con la situación de no ser que estaba preocupado por mi economía tambaleante. Por más hospitalarios que Agustín y su tía fueran, no podía quedarme ahí indefinidamente.
- Hay mucha gente que cree en fantasmas. Mucha más de la que lo reconoce. Sin ir más lejos, acá a la vuelta, una amiga de la tía dice que su casa está embrujada - se defendió Agustín.
- Este es un barrio de chiflados. - lo interrumpí.
- ¡No! Es normal creer que hay cosas que no se entienden.
- Si yo no tuviera escrúpulos, - dije- les sacaría hasta las medias a esos tarados, convenciéndolos de que puedo limpiarles las casa de fantasmas. Imaginate: llegás con un par de velas, o mejor todavía, con máquinas medio raras, hacés un par de rituales, te aprendés algo de palabrería científica y todos esos giles... - de repente, la idea surgió en mi cabeza como si hubiera caído de algún lado. Miré a Agustín, y solté una carcajada.
- Pero si yo no tengo escrúpulos - susurré.
- ¿Qué querés decir con eso? - Agustín me miró preocupado, pero yo me negué a responder, mientras el plan comenzaba a delinearse en mi cabeza.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Puertas

Cuando era chico, detestaba las puertas cerradas. Ni bien crecí lo suficiente como para alcanzar los picaportes (y antes, inclusive, saltando o trepándome a una silla para alcanzarlos), me ocupaba de abrir todas las puertas de la casa: las de los dormitorios, la del baño. Mamá contaba que al ir de visita hacía exactamente lo mismo en las casas ajenas. ¿En dónde nació esa fascinación, o mejor dicho, ese rechazo a las puertas cerradas? Durante años mi familia creyó que yo era claustrofóbico y me pasearon por varios consultorios intentando solucionar esa actividad inocente, que no lo era tanto cuando la puerta que abría era la de calle. El abuelo contaba que solía abrirla, dar media vuelta e ir a seguir jugando, ya tranquilo al ver la puerta abierta y lloraba cuando él o mamá iban a cerrarla de vuelta, intentando que entendiera algo tan abstracto para un niño como los ladrones o la inseguridad en general.
Por eso no me sorprendió la última frase que me dijo el abuelo cuando fui a verlo al hospital. El fue el único abuelo que conocí, y fue una mayor imagen paternal de lo que nunca fue mi padre. Verlo débil y cansado era extremadamente doloroso para mí. Toda la familia sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida, pero no se veía tan mal como para morir esa misma noche, así que al terminar el horario de visitas, lo saludé como siempre, con un simple abrazo, seguro de volver a verlo al día siguiente:
- No abras puertas que no estés seguro de poder volver a cerrar - dijo. Sonreía mientras se quedaba dormido.
Y eso fue lo último que me dijo.


domingo, 19 de diciembre de 2010

El gato que salta en el pasillo

La tía de Agustín, Norma, me despertó muy temprano una mañana. Yo había dormido mal, como tantas noches, por las constantes pesadillas que suelo tener... Además había salido con Agustín y unas chicas la noche anterior, y había mezclado tragos y fumado demasiado... Esa época era un constante demasiado en todo lo que me sucedía, en todo lo que hacía.
Con dolor de cabeza y algo mareado, seguí a Norma hasta la parte principal de la casa. Entré al comedor frotándome los ojos, pensando que la mujer debía necesitar ayuda con las cañerías o con algún enchufe, alguno de esos problemas tan comunes en una casa tan vieja. Tardé un momento en enfocar con la vista lo que ella quería que viera: a su gato.
Solo porque le debía tres meses de alquiler y ella no me lo reclamaba fue que no la mandé a la mierda para volver directamente a la cama. Norma estaba muy emocionada por lo que sucedía en el pasillo de la casa.
El gato, un simple gato gris al que yo ignoraba siempre, ronroneaba y giraba como cuando alguien lo acariciaba. Pero ahora estaba solo. Se arrojaba al piso, rodaba, sacudía sus garritas como respondiendo en un juego.
- Es Mario - me dijo Norma. - Mario siempre jugaba con él cuando estaba vivo. ¿Por qué debería cambiar ahora que está muerto?
- Sí, está jugando, Norma, pero el gato está jugando solo... - dije, con algo de pena.
El gato se puso de pie y bostezó, caminando hacia nosotros con esa displicencia habitual en los gatos. El reinaba en la casa, parecía decir. Pero de repente cambió de idea, retrocedió y al volver a pasar por el pasillo, dio un curioso salto, como subiendo sobre las piernas de alguien que estuviera sentado allí. Norma casi se pone a llorar de la emoción. A mí me daba pena desilusionarla, así que permanecí en silencio observando la (para que negarlo, hasta en ese momento de escepticismo lo supe) extraña actitud del gato.
- ¿Y por qué el gato puede ver al fantasma y nosotros no?- pregunté entonces.
- Los gatos ven cosas que nosotros no vemos, Luciano.- Me lo explicó con un dulce aire docente. - Son seres mágicos. Se sabe desde hace milenios...
- Ahá.
- Y mucha gente puede ver o sentir a los espíritus. No tenemos que depender tanto de los sentidos. Hay otras formas de ver. Hay muchas formas de sentir...- Me miró, ya lejos de la docencia, con su sonrisa maternal. - ¿Te hago un café, nene?
- No, Norma. No quiero abusar de...
- Todo amigo de mi sobrino merece un buen desayuno. A Mario le encantaba que la casa estuviera llena de jóvenes y vos eras uno de sus favoritos. Siempre lamentó que no tuviéramos hijos y creo que adoptó a Agustín y a sus amigos...
Ella fue hacia la cocina. Yo me quedé en el comedor, solo, con el gato que ahora maullaba mirando hacia la ventana.
Afuera, el jardín se había nublado repentinamente. Sentí un escalofrío. Por un momento tuve miedo, pero me pareció ridículo. Me forcé a ir hacia el pasillo, enfrentando esa sensación perturbadora. Llegaba poca luz hasta ese rincón de la casa. En el pasillo había tres puertas de madera, la del dormitorio de Norma, la del de Agustín y la de una biblioteca que era probablemente mi lugar favorito en esa casa. Desde niño me sentía más cómodo allí que en mi propio hogar. Mario, con sus historias de piratas y sus bolsillos llenos de caramelos había ocupado el lugar de tío favorito entre los compañeros de colegio de Agustín. Como él vivía en un pequeño departamento, cada vez que organizaba una reunión o un cumpleaños, lo hacía en la vieja, amplia casa de sus tíos, con el enorme jardín arbolado. Cuando me mudé allí al quedarme sin trabajo, fue como regresar a esos días de la infancia.
"Hay otras formas de ver", había dicho Norma. Recordé esas imágenes a las que hay que mirar desenfocando la vista para encontrarlas. Como un juego, miré el lugar en el que había saltado el gato y desenfoqué la vista. Casi lanzo un grito. Vi a un hombre sentado, con las piernas extendidas, y el rostro volteado hacia mí. Volví a mirar fijamente, y no había nada, nadie allí. Norma regresaba con la taza de café. Indudablemente había bebido demasiado la noche anterior.

Introducción

Como todas las malas ideas, esta, la que voy a relatarles ahora, nació en un momento de desesperación. Imaginen a un hombre relativamente joven, y absolutamente inútil. Así era yo cuando toda esta locura empezó. Además era escéptico y sin escrúpulos y arrogante también. Pero la principal característica que me definía en ese momento era que no tenía un peso en el bolsillo.
Cuando dejé la carrera de odontología (después de abandonar ciencias de la comunicación y medicina años anteriores), papá decidió dejar de mantenerme. Antes de abandonarme a mi suerte, después de culparme por la muerte de mi madre a causa de tantos disgustos que le hice pasar, habló con un amigo para que me tomara como empleado en su inmobiliaria, pero no soporté ese trabajo durante mucho tiempo. Mi jefe me parecía un idiota y el trabajo aburrido, rutinario. Quizás ese fue el gran problema conmigo: creía estar rodeado de idiotas, y mi desprecio por todos me llevó a jugar con lo que no entendía, mi convicción de que yo era más inteligente, más hábil, más astuto que todos, me hizo creer que yo podía dominarlo todo, inclusive, lo indominable. Ahora sé lo ridículo, lo tonto que era. Así fue que comencé a llegar tarde al trabajo, a faltar sin aviso ni explicaciones... Como es lógico, fui despedido.
En esos momentos aparecen los verdaderos amigos. Mi amigo Agustín me ofreció ir a vivir a una pequeña habitación detrás de la casa de una de sus muchas tías, Norma, una buena mujer, crédula y muy supersticiosa que había quedado viuda un año antes. El vivía allí también, en esa casa enorme y vieja. Entre mate y mate, como cuando éramos chicos, la tía Norma nos contaba historias de fantasmas, de apariciones, de extraterrestres y monstruos que habitaban los jardines. Agustín decía que ella había podido ver al espíritu de su marido en un espejo, y que algunas veces, si se entraba rápido en la habitación en la que ella se encontraba, se veía la sombra del fantasma de Mario, que siempre la acompañaba. Como imaginarán, yo no creía ni una palabra de todo eso.
Más adelante, tendría obligatoriamente que cambiar de idea.