Con dolor de cabeza y algo mareado, seguí a Norma hasta la parte principal de la casa. Entré al comedor frotándome los ojos, pensando que la mujer debía necesitar ayuda con las cañerías o con algún enchufe, alguno de esos problemas tan comunes en una casa tan vieja. Tardé un momento en enfocar con la vista lo que ella quería que viera: a su gato.
Solo porque le debía tres meses de alquiler y ella no me lo reclamaba fue que no la mandé a la mierda para volver directamente a la cama. Norma estaba muy emocionada por lo que sucedía en el pasillo de la casa.
El gato, un simple gato gris al que yo ignoraba siempre, ronroneaba y giraba como cuando alguien lo acariciaba. Pero ahora estaba solo. Se arrojaba al piso, rodaba, sacudía sus garritas como respondiendo en un juego.
- Es Mario - me dijo Norma. - Mario siempre jugaba con él cuando estaba vivo. ¿Por qué debería cambiar ahora que está muerto?
- Sí, está jugando, Norma, pero el gato está jugando solo... - dije, con algo de pena.
El gato se puso de pie y bostezó, caminando hacia nosotros con esa displicencia habitual en los gatos. El reinaba en la casa, parecía decir. Pero de repente cambió de idea, retrocedió y al volver a pasar por el pasillo, dio un curioso salto, como subiendo sobre las piernas de alguien que estuviera sentado allí. Norma casi se pone a llorar de la emoción. A mí me daba pena desilusionarla, así que permanecí en silencio observando la (para que negarlo, hasta en ese momento de escepticismo lo supe) extraña actitud del gato.
- ¿Y por qué el gato puede ver al fantasma y nosotros no?- pregunté entonces.
- Los gatos ven cosas que nosotros no vemos, Luciano.- Me lo explicó con un dulce aire docente. - Son seres mágicos. Se sabe desde hace milenios...
- Ahá.
- Y mucha gente puede ver o sentir a los espíritus. No tenemos que depender tanto de los sentidos. Hay otras formas de ver. Hay muchas formas de sentir...- Me miró, ya lejos de la docencia, con su sonrisa maternal. - ¿Te hago un café, nene?
- No, Norma. No quiero abusar de...
- Todo amigo de mi sobrino merece un buen desayuno. A Mario le encantaba que la casa estuviera llena de jóvenes y vos eras uno de sus favoritos. Siempre lamentó que no tuviéramos hijos y creo que adoptó a Agustín y a sus amigos...
Ella fue hacia la cocina. Yo me quedé en el comedor, solo, con el gato que ahora maullaba mirando hacia la ventana.
Afuera, el jardín se había nublado repentinamente. Sentí un escalofrío. Por un momento tuve miedo, pero me pareció ridículo. Me forcé a ir hacia el pasillo, enfrentando esa sensación perturbadora. Llegaba poca luz hasta ese rincón de la casa. En el pasillo había tres puertas de madera, la del dormitorio de Norma, la del de Agustín y la de una biblioteca que era probablemente mi lugar favorito en esa casa. Desde niño me sentía más cómodo allí que en mi propio hogar. Mario, con sus historias de piratas y sus bolsillos llenos de caramelos había ocupado el lugar de tío favorito entre los compañeros de colegio de Agustín. Como él vivía en un pequeño departamento, cada vez que organizaba una reunión o un cumpleaños, lo hacía en la vieja, amplia casa de sus tíos, con el enorme jardín arbolado. Cuando me mudé allí al quedarme sin trabajo, fue como regresar a esos días de la infancia.
"Hay otras formas de ver", había dicho Norma. Recordé esas imágenes a las que hay que mirar desenfocando la vista para encontrarlas. Como un juego, miré el lugar en el que había saltado el gato y desenfoqué la vista. Casi lanzo un grito. Vi a un hombre sentado, con las piernas extendidas, y el rostro volteado hacia mí. Volví a mirar fijamente, y no había nada, nadie allí. Norma regresaba con la taza de café. Indudablemente había bebido demasiado la noche anterior.
Solo porque le debía tres meses de alquiler y ella no me lo reclamaba fue que no la mandé a la mierda para volver directamente a la cama. Norma estaba muy emocionada por lo que sucedía en el pasillo de la casa.
El gato, un simple gato gris al que yo ignoraba siempre, ronroneaba y giraba como cuando alguien lo acariciaba. Pero ahora estaba solo. Se arrojaba al piso, rodaba, sacudía sus garritas como respondiendo en un juego.
- Es Mario - me dijo Norma. - Mario siempre jugaba con él cuando estaba vivo. ¿Por qué debería cambiar ahora que está muerto?
- Sí, está jugando, Norma, pero el gato está jugando solo... - dije, con algo de pena.
El gato se puso de pie y bostezó, caminando hacia nosotros con esa displicencia habitual en los gatos. El reinaba en la casa, parecía decir. Pero de repente cambió de idea, retrocedió y al volver a pasar por el pasillo, dio un curioso salto, como subiendo sobre las piernas de alguien que estuviera sentado allí. Norma casi se pone a llorar de la emoción. A mí me daba pena desilusionarla, así que permanecí en silencio observando la (para que negarlo, hasta en ese momento de escepticismo lo supe) extraña actitud del gato.
- ¿Y por qué el gato puede ver al fantasma y nosotros no?- pregunté entonces.
- Los gatos ven cosas que nosotros no vemos, Luciano.- Me lo explicó con un dulce aire docente. - Son seres mágicos. Se sabe desde hace milenios...
- Ahá.
- Y mucha gente puede ver o sentir a los espíritus. No tenemos que depender tanto de los sentidos. Hay otras formas de ver. Hay muchas formas de sentir...- Me miró, ya lejos de la docencia, con su sonrisa maternal. - ¿Te hago un café, nene?
- No, Norma. No quiero abusar de...
- Todo amigo de mi sobrino merece un buen desayuno. A Mario le encantaba que la casa estuviera llena de jóvenes y vos eras uno de sus favoritos. Siempre lamentó que no tuviéramos hijos y creo que adoptó a Agustín y a sus amigos...
Ella fue hacia la cocina. Yo me quedé en el comedor, solo, con el gato que ahora maullaba mirando hacia la ventana.
Afuera, el jardín se había nublado repentinamente. Sentí un escalofrío. Por un momento tuve miedo, pero me pareció ridículo. Me forcé a ir hacia el pasillo, enfrentando esa sensación perturbadora. Llegaba poca luz hasta ese rincón de la casa. En el pasillo había tres puertas de madera, la del dormitorio de Norma, la del de Agustín y la de una biblioteca que era probablemente mi lugar favorito en esa casa. Desde niño me sentía más cómodo allí que en mi propio hogar. Mario, con sus historias de piratas y sus bolsillos llenos de caramelos había ocupado el lugar de tío favorito entre los compañeros de colegio de Agustín. Como él vivía en un pequeño departamento, cada vez que organizaba una reunión o un cumpleaños, lo hacía en la vieja, amplia casa de sus tíos, con el enorme jardín arbolado. Cuando me mudé allí al quedarme sin trabajo, fue como regresar a esos días de la infancia.
"Hay otras formas de ver", había dicho Norma. Recordé esas imágenes a las que hay que mirar desenfocando la vista para encontrarlas. Como un juego, miré el lugar en el que había saltado el gato y desenfoqué la vista. Casi lanzo un grito. Vi a un hombre sentado, con las piernas extendidas, y el rostro volteado hacia mí. Volví a mirar fijamente, y no había nada, nadie allí. Norma regresaba con la taza de café. Indudablemente había bebido demasiado la noche anterior.
esta interesante estos relatos de fantasmas...
ResponderEliminarGracias, Noel.
ResponderEliminarPues si que me enganchó suavemente, tu relato para llevarme deprisa hasta el final.
ResponderEliminarUn saludo
Gracias, merce, por tu comentario. Saludos.
ResponderEliminarhola por aquí me cole entre los fantasmas, gracias por dejar tus huellas.
ResponderEliminarencantadora narración de gatos y fantasmas ¿puede haber algo más sugerente?
saludos